miércoles, 19 de febrero de 2020

VIOLENCIA INTRAFAMILIAR Y EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO

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Hoy en el día de "Ni una menos" voy a repetir un artículos que publiqué hace más de un año, pero que es importante repetir. 

El síndrome de Estocolmo, como dije, es el síndrome típico de los secuestros, pero como los secuestros son menos frecuentes, quizás sea más interesante centrarnos en un ámbito en el que sí, por desgracia, este síndrome se produce de manera más frecuente. 

Nos referimos aquí a las situaciones de violencia en la pareja.
En situaciones de violencia reiterada, y ante la imposibilidad de controlar la situación, surgen ciertos mecanismos de sobrevivencia que nos permiten poder sobrellevar una situación horrible con menos dolor emocional.
Por un lado, observaremos en la personas sometidas a violencia, ciertas deformaciones cognitivas como
 quitar importancia o incluso negar la existencia de un maltrato reiterado, y justificar los actos del agresor. 
En esto por supuesto, hay una parte de miedo de la víctima a las represalias si el problema sale a la luz, pero también hay una necesidad de la persona a “tapar” o minimizar lo que está ocurriendo, pues el hecho de tener que asumir que la pareja ejerce maltrato sobre ella/él, es emocionalmente muy difícil de  asimilar.
Las víctimas se sienten indefensas ante el problema puesto que hagan lo que hagan, desobedezcan u obedezcan al agresor, las circunstancias van a seguir siendo las mismas, el maltrato va a continuar y además será impredecible.
El aislamiento que se da generalmente en estas víctimas y que es causado por el mismo agresor,  por que las victimas son separadas de su familia y de su entorno de amistades, permite introducir en la conciencia de la víctima, una serie de creencias y un modelo mental determinado, que van a contribuir a la unión con el agresor en un vínculo de dependencia. 
Ya no habrá bueno y malo, pues la víctima interpretará cualquier agresión como provocado por ella, por no haber obedecido o cumplido con lo deseado por el agresor. 
La víctima se vuelve sumisa y dócil, y extremadamente cuidadosa en sus actuaciones para poder seguir viviendo.
Todo esto explica cómo ante una vivencia tan terrible, las personas maltratadas a veces se niegan a abandonar al agresor, retiran las denuncias, a pesar de que así queden expuestas a nuevos ataques. 
Como he dicho antes, más allá del miedo a las consecuencias, existe la sensación real en las víctimas de que no saben valerse por sí mismas y necesitan de la presencia del agresor.
Cariños y sonrisas
Irene

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Cariños y sonrisas